Josema Vallejo, 28 de enero de 2012.
Zaragoza iniciará el próximo 1 de febrero la prueba piloto para la creación del Registro Nacional de Bicicletas, registro coordinado por la Red de Ciudades por la Bicicleta y que por supuesto cuenta con el apoyo de la Dirección General de Tráfico. La iniciativa va a consistir en un registro informático cuyo fin, aseguran, es fomentar el uso y protección de la bicicleta cobrando una tasa de cinco euritos por almacenar en una base de datos las fotos y características de tu bici para recuperarla en caso de que sea robada. Este registro es voluntario y a cambio de tus cinco euros, recibirás una pegatina que identificará tu querida bicicleta mediante un código; de esta forma la policía tendrá un poco más fácil devolver las bicicletas recuperadas a sus legítimos propietarios. Toda esta parafernalia se articulará por medio de una serie de oficinas municipales así como con determinadas tiendas de ciclismo y por supuesto vía telemática. Nos prometen que por Internet podremos poner la denuncia del robo y comprobar si hay noticias de la búsqueda e incluso recibir el aviso si la encuentran, mancillados sus pedales por las botas de algún indeseable. ¿Servirá para algo más? No, eso es todo. Un registro por si te roban a tu amiga de las dos ruedas.
No me gustaría pasar por agorero, pero aunque no dudo que pongan en marcha este registro, ni me parece extraño que además lo hagan en la ciudad con la circulación más caótica y nefastamente gestionada de España, que es Zaragoza, famosa por ser la capital con más semáforos de Europa. Intuyo que este registro no sea más que otra excusa para sacar cinco euros más por cabeza para las legañosas arcas municipales y que su utilidad sea bien poca. Puestos a ello, ¿Para cuándo el registro de botijos, raquetas de pádel y boinas robadas?
El mencionado registro de novedad no debería tener nada, de hecho debería existir hace muchos años ya y nada de voluntario, como se registran los coches, las motos, los barcos y las personas. Principalmente y más que nada para acreditar la titularidad de un vehículo y claro, recuperar la propiedad si el vehículo es robado, pero más importante que todo eso, que no es poco, se trata de identificar al titular ante la Administración en caso de infracción, delito o accidente.
Al parecer con las bicicletas esto ni se ha planteado, pues parece que en el orden legal español, la bicicleta no juega. Está exenta de cumplir norma alguna.
Al leer en la misma línea las palabras bicicleta y registro, me hice la feliz idea, iluso de mi, de que por fin iba a existir una base de datos en la que constara bicicleta y titular, debidamente identificados, con un número de placa matrícula perfectamente legible y como corresponde, un seguro de responsabilidad obligatorio.
Registro sí, pero para delimitar responsabilidades.
Este registro, que debería ser un registro como todos los registros del mundo, aseguraría la defensa de derechos del titular de un vehículo, en este caso bicicleta y también aseguraría los derechos de cualquiera que se sienta perjudicado ante las infracciones o accidentes que pueda causar el citado titular y pudiera ser denunciado y reclamado en caso de generar perjuicio a otro. Parece mentira que sea necesario mencionarlo, pero así es como funcionamos.
En España la bicicleta mola, es “cool” y es ecológica indudablemente, pero nadie se atreve a decir y menos a escribir, que el comportamiento de un grandísimo número de bicicleteros es suicida y peligroso y que ese mismo comportamiento a bordo de un coche o una moto sería constitutivo de un delito contra la seguridad vial por conducción temeraria al poner en riesgo cierto a terceros.
Circulan en contra dirección, sin luces, sin respetar semáforos ni prioridades, por carriles bici, por encima de aceras, calzadas y por donde se les antoje en cada momento. No adecuan su velocidad a las condiciones del tráfico, ni cuando van por la calzada ni cuando van por la acera. Si quieren corren, si les apetece, pasean. Ya se traguen a un peatón, ya generen una retención de cinco calles, ellos a su bola. Se dan a la fuga de cuantos accidentes generan, salvo de aquellos en que son víctimas.
Desgracia suya cuando son atropellados, momento en que son vulnerables y lamentablemente muchas veces hasta pierden la vida. No parecen concienciarse el resto de bicicleteros, que siguen comportándose como verdaderas hordas salvajes, sin orden, concierto, gobierno o rumbo. Hablan por el móvil mientras pedalean, llevan el Ipod a toda mecha y no escuchan ningún ruido que no sea su musiquita. Su trayectoria es errática y nunca sabes si van a la derecha o a la izquierda, si van a parar o van a continuar. Los semáforos, STOP y ceda el paso, no existen para ellos y tienen el convencimiento de que en los pasos de peatones también tienen la prioridad. La bicicleta tiene esa extraña propiedad metamórfica de transformarse en milisegundos de bicicleta a peatón, de éste a turismo o motocicleta y de ahí, de nuevo a bicicleta, siempre a conveniencia y siempre sin acatar normas.
El bicicletero a día de hoy está fuera de todo control legal y policial y se ha convertido en un tirano de las calles, impone su ley y no acepta objeciones ni críticas a su comportamiento, porque, y esto es lo más peligroso, creen ser poseedores de la verdad y la legitimidad que les otorga una supuesta superioridad moral de la que se creen dueños, de sentirse “sostenibles” “limpios” y “ecológicos”
La bicicleta no tenía lugar en las ciudades y ha sido necesario crearlo, porque era práctico, era urgente y además era beneficioso para todos. Ha sido un proceso de adaptación costoso y largo y los conductores estamos pagando el precio: se han eliminado estacionamientos y carriles, pagamos un impuesto de circulación cada vez más elevado, se nos sube el precio del combustible y el precio de la ORA. Se nos está expulsando de facto de la circulación.
Me guste o no, lo asumo, pero no permito que se me criminalice por enemigo del planeta y peligro al volante, porque me comporto como dictan las normas, cosa que podemos decir el 90% de los conductores pero no pueden decir el 90% de los ciclistas. Porque pagamos impuestos, tasas, multas, seguros y todo cuanto se nos exige, cosa que tampoco pueden decir los ciclistas y porque algunos no podemos ir a trabajar en bici. Tal vez el señor bicicletero no se ha planteado que no todos podemos ir en bicicleta, algunos necesitan hacer docenas de kilómetros diarios, otros llevar muestrarios, o tienen problemas físicos que les impiden el movimiento de pedal e incluso los hay que transportan pesados bultos en su camión aunque a alguno le cueste creerlo.
¿Y los ciclistas, que no bicileteros?
Fíjate que hasta ahora no he dicho ciclista. Ser ciclista ha sido un riesgo que demasiadas veces se ha pagado con la vida. Ser ciclista es vivir la bicicleta y llevar a cuestas kilómetros de esfuerzo y sudor e ir concentrado en cada pedaleo, el ciclista sabe bien lo que se juega y ya procura por la cuenta que le trae, no le gusta morir joven, cumple las normas y vigila lo que tiene alrededor. Ciclistas hay cuatro y lo demás, perdona. Bicicleteros.
A la bicicleta nos estamos adaptando todos y cada uno de los ciudadanos menos aquellos que usan la bicicleta, que no saben o no quieren comportarse con el mínimo de educación que nos comportamos los demás y que además de no hacerlo, no son recriminados ni sancionados, que en fin, no juegan con las mismas reglas que todos los demás y encima ganan la partida haciendo trampas.
Así que hagan un registro; estaban tardando. Pero un registro de verdad y no como excusa para cobrar cinco euros, sino para que cada bicicleta esté asegurada y sea perfectamente identificable cuando atropella a una señora en la acera y se da a la fuga, cuando el autobús frena bruscamente porque un ciclista se cruza por donde no debe y un pasajero se rompe la nariz y se da a la fuga, para cuando tiran al motero y sí, también se da a la fuga y en general por cada vez que se pasan el reglamento general de circulación por el manillar. Como pagamos los demás y así es como debe ser, si nos lo pasamos por los cilindros.

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